El carrer de Sant Roc es una calle estrecha que baja por detrás de la Catedral y que tiene dos patios casi enfrentados. El primero es Can Crespí, conocido también como Can Ribera, un casal del siglo XVIII que perteneció a los Crespí, familia llegada de Santa Maria. No se visita por dentro: lo que se ve, y basta, es el patio desde el portal.
El portal es de arco de medio punto y da a una entrada con la parte izquierda cubierta. Desde ahí se abre el patio descubierto a través de un arco rebajado y, al fondo, dos arcos rebajados más y un tercero de medio punto que acoge la escalera. Las columnas son de mármol rojo con capiteles de tradición jónica, y en el suelo queda el brocal del pozo, de sección octogonal y rematado con hierros trabajados.
Esa combinación —mármol rojo, capiteles jónicos y arcos rebajados— es la firma del siglo XVIII en los patios de Palma, la época en que muchos casals de origen medieval se reformaron para convertir el patio en la pieza de aparato de la casa. Can Crespí no está entre los grandes ni entre los más visitados, y por eso mismo conserva la escala doméstica que tenían casi todos antes de que unos pocos acabaran siendo museos y sedes institucionales.
Está a unos ciento cincuenta metros de la Catedral, así que se ve de paso sin desviarse. Y no va solo: Ca’n Truyols, otro de los patios del catálogo municipal, está tres números más allá, en el 3 de la misma calle.