A espaldas de la Catedral, entre el Palacio Episcopal y el barrio de la Almudaina, se esconde uno de los jardines más desconocidos y apacibles del casco antiguo de Palma. El Jardí del Bisbe —Jardín del Obispo— es un oasis de sombra y silencio que los propios palmesanos casi han olvidado, y que sorprende por su escala íntima y su acumulación de historia en apenas unos cientos de metros cuadrados. La puerta de acceso, de estilo manierista y coronada por el capelo episcopal, es ya en sí misma una pequeña joya arquitectónica.
El trazado del jardín sigue la distribución clásica de los huertos y jardines de los casales señoriales mallorquines: setos podados geométricamente, frutales, un pequeño huerto y un estanque o safareig cubierto por una pérgola con buganvilla. En primavera y verano, los nenúfares en flor sobre el agua quieta y a la sombra crean un cuadro de quietud difícil de olvidar. Los muros del jardín conservan, además, restos de la muralla romana original de la ciudad.
Desde el interior del jardín se obtiene una perspectiva insólita de las cubiertas y el ábside de La Seu que no se puede encontrar en ningún otro punto de la ciudad: la catedral desde atrás, sin turistas alrededor, con la piedra de marés brillando según la hora del día. El Ayuntamiento de Palma gestiona el jardín desde el año 2000, y la entrada es completamente gratuita.
La visita es breve —entre diez y veinte minutos— y por eso resulta perfecta como pausa dentro de una jornada más larga por el casco histórico. Va especialmente bien después de visitar el Museu d’Art Sacre o la Catedral, y es un descanso natural en cualquier ruta medieval o gótica. Los horarios varían según la temporada (confirma en la web del Ayuntamiento o en la cartelería de la entrada), y los domingos el jardín permanece cerrado.
