La Plaça de la Drassana es uno de esos espacios que acumulan historia de manera silenciosa, sin paneles explicativos ni colas de turistas. Su nombre lo dice todo: drassana significa astillero en catalán, y esta plaza fue durante siglos el nudo de servicios portuarios, reparación de embarcaciones y comercio marítimo que sostuvo la prosperidad de Palma como potencia mediterránea. Los edificios que la rodean aún guardan las proporciones y la escala de aquellas factorías navales del siglo XIX.
El edificio más importante del entorno inmediato es el Consolat del Mar, de origen medieval y rehabilitado en varias ocasiones, que hoy es la sede del President del Govern de les Illes Balears. A poca distancia está La Llotja, la bolsa de mercaderes del siglo XV que es la obra civil gótica más importante de Mallorca. Juntos, el Consolat y La Llotja enmarcan el espacio portuario histórico con una densidad monumental difícil de encontrar en ningún otro punto del Mediterráneo occidental.
Hoy la plaza y las calles que la rodean —especialmente el carrer dels Apuntadors— forman el eje central del barrio de La Llotja, que es la zona de bares y restaurantes más activa y con más carácter del casco antiguo de Palma. La galería Horrach Moya y el antiguo oratorio de Sant Feliu (siglo XIII) añaden una capa cultural y artística al paseo. De día es un lugar tranquilo; al caer la tarde se convierte en el aperitivo perfecto.
La Plaça de la Drassana no tiene un horario de visita ni precio: es una plaza pública. Su valor está en el paseo lento y en la combinación con el resto de la ruta marítima y mercantil que incluye el Museu Marítim, La Llotja y el passeig des Born.