Can Catlar del Llorer conserva uno de los patios más antiguos que quedan en pie en Palma. No es el más vistoso ni el más fotografiado, pero sí el que mejor permite entender cómo eran estas casas antes de que el barroco del siglo XVIII las llenara de columnas y escaleras monumentales: un pilar octogonal de piedra sostiene dos arcos rebajados, la escalera va adosada al muro y el suelo es de piedra, sin más.
El edificio tiene origen medieval, probablemente sobre cimientos islámicos, y a lo largo de los siglos fue sumando reformas sin perder esa estructura gótica de base. Pasó por bastantes manos: en el siglo XV era de los Armadans, en el XVI del canónigo Joanot Soldevila y en el XVII de la segunda rama de los Dezcallar, que es de donde le viene el nombre. En el XIX pertenecía a María-Agnés Ribera y Garau, descendiente de un rico comerciante.
En una reforma interior aparecieron pinturas murales góticas con escenas caballerescas, el tipo de decoración que decoraba las salas nobles medievales y de la que apenas quedan restos en la ciudad. Se retiraron para conservarlas y hoy se pueden ver en el Museo de Mallorca, a diez minutos andando por el carrer de la Portella.
Está en el carrer de Can Savellà, a pocos metros de Can Vivot y de Can Juny: los tres patios se ven en la misma calle y en un cuarto de hora, y juntos cuentan la evolución completa, del gótico al barroco. Es propiedad privada, así que se mira desde la reja del portal.