Las murallas de Palma resumen, en sus piedras, toda la historia de la ciudad. Cada civilización que pasó por aquí —romanos, musulmanes, el reino medieval de Mallorca— construyó, amplió o reformó las fortificaciones de la anterior. Los romanos levantaron las primeras hacia el siglo I a.C.; los musulmanes las rehicieron cuando la ciudad era Madina Mayurqa.
La gran muralla que muchos imaginan es, sobre todo, la renacentista: una imponente fortificación construida entre los siglos XVI y XVII para defender la ciudad de piratas y enemigos. Llegó a medir unos seis kilómetros, con una decena de baluartes y un ancho foso alrededor.
A finales del siglo XIX, siguiendo las ideas higienistas que recorrían Europa, la mayor parte de la muralla se derribó para que la ciudad pudiera crecer. De aquel enorme recinto se conservan sobre todo los baluartes que daban al mar, como el de Sant Pere —sobre el que hoy se asienta el museo Es Baluard— y el del Príncep.
Hoy, lo mejor para hacerse una idea de su escala es recorrer el frente marítimo, donde sobreviven los tramos más vistosos. En el callejero, además, han quedado los nombres de las antiguas puertas por las que se entraba y salía de la ciudad amurallada.
