Can Barceló se esconde en la pequeña plaça de Josep Maria Quadrado, un rincón tranquilo cerca de la Catedral. Es un edificio de viviendas de planta baja y tres alturas, rematado por una terraza con balaustrada, construido entre 1902 y 1904 sobre el solar de una antigua fábrica de tejidos de la familia Barceló.
Lo firmó Bartomeu Ferrà i Perelló, maestro de obras, arqueólogo y escritor, y lo promovió Bartomeu Barceló Mir. Aunque se considera un edificio premodernista, su gran atractivo es absolutamente moderno: la cerámica.
La planta superior combina las ventanas con espectaculares paneles cerámicos de La Roqueta, la mítica fábrica mallorquina. Son nueve plafones obra de Vicenç Llorenç Rubí: dos ornamentales, con las águilas y los dragones que también lucía el Gran Hotel, y el resto, alegorías de las artes y los oficios —la música, la arquitectura, la literatura, la cerámica, la industria textil y el comercio.
Está algo apartado del bullicio, lo que lo convierte en una parada tranquila y muy fotogénica dentro de la ruta modernista. No se visita por dentro, pero la fachada bien merece el rodeo.
