La plaça de Cort es el centro cívico de Palma desde hace siglos. Su nombre viene de las antiguas curias y cortes medievales, y la preside la fachada del Ayuntamiento, que los mallorquines llaman simplemente «la Sala»: un edificio de origen medieval —el antiguo hospital de Sant Andreu— renovado hacia 1600 y célebre por su gran alero de madera tallada.
Pero la verdadera estrella de la plaza es un árbol: s’Olivera de Cort, un olivo de unos 500 o 600 años convertido en símbolo de la ciudad. Su tronco, nudoso y retorcido, tiene unos siete metros de perímetro y esconde formas curiosas, como la llamada «oreja de Mallorca».
Conviene aclarar su historia, porque suele confundirse: aunque la leyenda lo vincula al rey Jaume I, el olivo no es de la conquista. Creció en una finca de Pollença y fue donado por Jaume Batle al Ayuntamiento, que lo replantó aquí el 3 de mayo de 1989.
Está protegido como árbol singular y, de tanto éxito fotográfico, rodeado hoy de una discreta barrera cuyos barrotes, curiosamente, esconden los versos de un poema dedicado al olivo mallorquín. Es el punto de encuentro y de fotos por excelencia del centro.