Si hay algo que define la Palma señorial son sus patios: los grandes zaguanes empedrados de las casas-palacio del casco antiguo, que se abren tras los portalones y dejan ver columnas, arcos y escaleras monumentales. Asomarse a ellos al pasar es uno de los placeres más auténticos de la ciudad.
El patio era mucho más que una entrada: funcionaba como antesala de la casa, el lugar donde el señor recibía y cerraba tratos con los comerciantes. Por eso se cuidaban al detalle, con suelos empedrados en ligera pendiente para recoger el agua, a veces un pozo, y los escudos de armas de la familia colocados —curiosamente— dentro del patio y no en la fachada.
Algunos hunden sus cimientos en época andalusí, entre los siglos X y XIII. A principios del siglo XIX llegó a haber más de 500 patios en Palma; hoy quedan menos, pero los suficientes para descubrirlos por sorpresa callejeando. Entre los más bonitos: Can Bordils (uno de los más antiguos, hoy Archivo Municipal), Can Oms, Can Catlar —el antiguo Cal Marquès del Palmer, donde estuvo la ceca de la moneda mallorquina— o Can Amorós, con sus columnas de mármol rojo.
No hay una entrada ni un horario: la «visita» consiste en pasear por las calles del casco antiguo —l’Almudaina, Morey, Can Savellà, Portella— e ir asomándote a los portales abiertos. Casal Solleric y Can Balaguer son los que mejor se pueden recorrer por dentro.
